El gigante del Calbuco
«El gigante encadenado»
Cuentan que en las profundidades del volcán Calbuco vivía, hace muchísimo tiempo, un laborioso pueblo de enanos mineros. Habían excavado bajo la montaña un laberinto de túneles y salones, y los adornaban con el oro, la plata y las piedras preciosas que arrancaban a la roca.
Pero en lo más hondo del volcán dormía también un gigante malvado, prisionero del fuego de la tierra. Durante siglos permaneció quieto, hasta que un día empezó a despertar, y su solo moverse hacía temblar las galerías de los enanos.
Reunidos en consejo, el más anciano aconsejó huir antes de que fuera tarde. Pero un joven valiente, llamado Nador, propuso otra cosa: sorprender al gigante en su guarida y encadenarlo para siempre.
Antes de que decidieran, el gigante encendió la fragua del volcán. Con su martillo forjó armas de fuego y, al golpear, derrumbó los túneles y sepultó los salones que los enanos habían tardado generaciones en labrar. La montaña entera se estremeció y escupió fuego y ceniza.
Cuando el gigante salió a la superficie, se alzó contra él el genio del vecino volcán Osorno. Con redes mágicas lo envolvió y lo hirió en dura batalla, hasta que el coloso, vencido y maltrecho, tuvo que refugiarse de nuevo en el fondo de su caverna.
Aprovechando su sueño de heridas, los enanos reconstruyeron sus moradas y, durante tres años, cavaron en secreto un túnel que llegaba hasta la guarida del gigante.
Guiados por Nador, se deslizaron en silencio hasta donde dormía. Con sogas encantadas lo ataron de pies y manos a las raíces mismas de la montaña, de modo que nunca más pudiera levantarse.
En premio a su valor, Nador recibió la mano de la hija del rey de los enanos y, con el tiempo, llegó a ser rey él mismo. El gigante, en cambio, quedó encadenado para siempre en las entrañas del Calbuco.
Dicen los antiguos que allí sigue, forcejeando de vez en cuando por soltarse. Cuando lo hace, la tierra tiembla y el volcán arroja fuego y piedras al cielo: son los bramidos del gigante que aún sueña con recobrar su libertad.
Imagen: Nicolás Binder · CC BY-SA 2.0